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  • 17.3.2017
  • 17:20
  • Discurso
  • 140/17
  • Asuntos Institucionales

Es imposible estar aquí como invitado del Senato della Repubblica y no sentir la historia que impregna las paredes del Palazzo Madama. No solo nos recuerda los dramas políticos que vivimos cada uno en el día a día, sino también los grandes acontecimientos que a lo largo de siglos han contribuido al nacimiento de Europa. Por ejemplo, el Cicerón denuncia a Catilina de Cesare Maccari, una de las obras de arte que decoran las paredes del Senado, resulta perfectamente adecuado para el día de hoy. Es una alegoría política de la lucha de las instituciones democráticas contra el populismo, y del triunfo de aquellas sobre este.

Esto nos recuerda, en primer lugar, que la fuerza de una comunidad política reside en su deseo de sobrevivir, en su vigor y en su inteligencia. Y en segundo lugar que, en la lucha política darwiniana, las palabras siempre han sido y siempre serán las armas más poderosas.

Cicerón dijo: «La libertad es participar en el poder». La antigua Grecia y la antigua Roma ya se plantearon qué significa realmente ser libre. Hace sesenta años los dirigentes de seis países decidieron que la única libertad verdadera era la de actuar juntos. En otras palabras, que la soberanía significaba disponer de una silla alrededor de la mesa. Por esta razón se firmó en 1957 el Tratado de Roma. Ocurre que nací ese mismo año, y que la realidad que construyó el Tratado de Roma representa toda mi vida. Y no creo que sea necesario mencionar lo importante que es para mí, personalmente, estar hoy aquí con todos ustedes.

Por supuesto, todo parece más noble, deliberado y calculado desde la perspectiva actual. Hay una tendencia a recordar a los que firmaron el Tratado de Roma como genios políticos, evangelistas de una Europa unida. La verdad es que eran dirigentes con sus propias dudas, sometidos una presión extraordinaria por los acontecimientos y sumidos en un estado de profunda vulnerabilidad. La impotencia colectiva de Europa tras la Segunda Guerra Mundial les obligó a unirse, pues las demás posibilidades eran muy poco atractivas. Y los horrores de la destrucción provocada por la guerra eran aún claramente visibles en la vida cotidiana.

La vulnerabilidad de estos países europeos atemorizados les proporcionó la humildad, la claridad y la gran sabiduría necesarias para unirse y firmar el Tratado de Roma. Con ello se inició un proceso que desde entonces ha devuelto a otros muchos países, tanto al este como al oeste, a la libertad y a la prosperidad. Esto nos ha ayudado a comprender que cuando Europa es débil, los países que la componen son débiles; pero si Europa es fuerte, sus Estados miembros también lo son. Solo juntos y unidos podemos desarrollar nuestra propia soberanía, ser verdaderamente libres, en el mundo exterior. Esto era verdad entonces y lo sigue siendo hoy. Y seguirá siendo verdad dentro de otros sesenta años.

El Tratado de Roma ha triunfado, también porque fue elaborado y adoptado por gobiernos basados en el consentimiento democrático. De este modo, los Parlamentos nacionales, de los que ustedes son representantes, prestaron sus poderes a la comunidad europea con un mensaje: «Actuad en favor del interés común». Fue un préstamo desde entonces devuelto con intereses, aunque haya habido decepciones y retrasos.

Alguien dijo un día: «Europa es como un árbol. Crece cada día pero nunca lo ves crecer». Es un sentimiento bastante romántico, pero no por ello menos cierto. De las semillas del Tratado de Roma brotaron cambios que han transformado el mundo que nos rodea hasta tal punto que la mayoría de las personas no son capaces de recordar cómo eran las cosas antes. El Tratado ha abierto nuestras mentes y ha engendrado sociedades abiertas; además, claro está, del mayor mercado que existe en el mundo, para nuestra prosperidad. Siendo un joven que creció a la sombra del Telón de Acero me era casi imposible imaginar todo esto, aunque soñaba con que pudiera suceder algún día.

El aniversario que se cumple la semana próxima es tanto un momento de serena reflexión como de celebración. Aunque nuestras heridas económicas vayan cicatrizando lentamente, muchas personas ven con desesperación la cantidad y la magnitud de nuestros retos actuales. El mayor de ellos es, en un par de años, la desaparición de Gran Bretaña como Estado miembro de la UE. La mejor respuesta a estos tiempos difíciles es recobrar la humildad, la claridad y la sabiduría de los signatarios iniciales. Solo entonces podremos realizar las elecciones correctas de cara al futuro. Porque, por paradójico que pueda parecer, el pasado nos enseña que Europa es mejor y más creativa cuando más vulnerable es. Consigue mucho más con ambición modesta y paciente que con grandes intenciones.

Este es uno de los motivos por los que me alegra que la presidenta de la fundación De Gasperi, Maria Romana De Gasperi, haya estado hoy con nosotros. Ahora es el mejor momento para recordar aquellas palabras famosas de su padre: «El futuro no se construirá por la fuerza ni por el afán de conquista, sino por la paciente aplicación del método democrático, el espíritu de consenso constructivo y el respeto de la libertad». Quizás estas palabras no resulten suficientemente grandiosas en la era de la política a través de Twitter, pero sigo apreciando su verdad y su fuerza. Sigo pensando que bastan para guiarnos de aquí en adelante. Gracias. Grazie.