Discurso del presidente Donald Tusk en la ceremonia del 60.º aniversario de los Tratados de Roma

Consejo Europeo
  • 25.3.2017
  • 11:20
  • Discurso
  • 154/17
  • Asuntos Institucionales
25.3.2017
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Preben Aamann
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Nací hace justo sesenta años, así que tengo la misma edad que la Comunidad Europea. Por este motivo, permítanme que hoy haga una reflexión de carácter más personal. Como saben, a veces el lugar de nacimiento es aún más importante que la fecha de nacimiento. En mi caso, ese lugar es la ciudad de Gdansk, que durante siglos fue construida con tesón por polacos y alemanes, neerlandeses, judíos, escoceses y franceses. En 1945, por cierto, también en el mes de marzo, en cuestión de días Hitler y Stalin destruyeron mi ciudad natal. Quedó reducida a cenizas.

Yo tenía ocho años cuando la Comunidad constituyó un Consejo único y una Comisión única mediante el Tratado de fusión; el camino que a diario recorría para ir al colegio aún atravesaba las ruinas de la ciudad quemada. Por eso, para mí, la Segunda Guerra Mundial no es una abstracción.

En 1980, un año después de las primeras elecciones al Parlamento Europeo, nacía en Gdansk el movimiento Solidaridad (Solidarność). Yo me encontraba allí en aquel momento, en el astillero de Gdansk, entre los trabajadores, junto a Lech Wałęsa, que tuvo el valor de decir en voz alta la verdad de nuestros sueños frente al régimen comunista. Eran sueños sencillos: de dignidad humana, libertad y democracia. En aquella época todos mirábamos a Occidente, a una Europa libre y unificadora, sintiendo de forma instintiva que ese y no otro era el futuro con el que soñábamos. Y a pesar de los tanques y soldados enviados contra nosotros, aquellos sueños siguieron vivos.

Cuando en 1987 entró en vigor el Acta Única Europea (el principio del mercado único), en Polonia nos preparábamos para la batalla final. Solidarność ganó, y poco después cayó también el muro de Berlín: el camino hacia Europa se abría ante nosotros. Y, aproximadamente veinte años después, ya como primer ministro de Polonia, inauguraba el estadio más moderno de Europa, por supuesto en Gdansk, mi ciudad natal. La ciudad se había reconstruido entonces por completo y lucía más hermosa que nunca. Mi país llevaba ya ocho años en la Unión Europea.

Si recuerdo hoy este breve episodio histórico, es tan solo para que seamos todos conscientes de que para millones de personas, que hoy se estarán manifestando en las calles de nuestras capitales (en Roma, en Varsovia, incluso en Londres), la Unión Europea no tiene que ver con lemas, ni con procedimientos o normas. Nuestra Unión constituye una garantía de que la libertad, la dignidad, la democracia y la independencia han dejado de ser meros sueños y se han convertido en nuestra realidad cotidiana.

He vivido más de la mitad de mi vida tras el Telón de Acero, donde estaba prohibido incluso soñar con dichos valores. Sí, por aquel entonces era claramente una Europa a dos velocidades. Y por eso hoy tengo derecho a repetir a viva voz esta simple verdad: nada en la vida se nos da para siempre, y construir un mundo libre exige tiempo, gran esfuerzo y sacrificio. Por eso es algo que se ha conseguido en tan pocos lugares del planeta. Y aun así lo hemos logrado. Destruir un mundo así es muy fácil: basta un instante. Como ocurrió aquella vez en mi querida Gdansk.

En el día de hoy renovamos en Roma la excepcional alianza de naciones libres que iniciaron nuestros ilustres predecesores hace sesenta años. En aquel momento no hablaban de varias velocidades, no ideaban salidas, sino que, pese a todas las circunstancias trágicas de la historia reciente, depositaron toda su fe en la unidad de Europa. Tuvieron el valor que tuvo Colón al entrar en aguas inexploradas para descubrir el Nuevo Mundo.

Así que, díganme: ¿por qué tendríamos que dejar hoy de confiar en el objetivo de la unidad? ¿Tan solo porque ahora es ya nuestra realidad? ¿O porque estamos aburridos o cansados de ella?

Europa, entendida como entidad política, o permanece unida o dejará de existir. Solo una Europa unida puede ser una Europa soberana respecto al resto del mundo. Y solo una Europa soberana garantiza la independencia de sus naciones y la libertad de sus ciudadanos. La unidad de Europa no consiste en un modelo burocrático, sino en un conjunto de valores comunes y de normas democráticas. Hoy no basta con pedir la unidad y protestar contra una Europa a varias velocidades. Es mucho más importante que todos respetemos nuestras normas comunes: los derechos humanos y las libertades civiles, la libertad de expresión y la libertad de reunión, el sistema de contrapoderes institucionales y el Estado de Derecho. Estos son los verdaderos cimientos de nuestra unidad.

Después del encuentro en Roma, la Unión debe ser, más que nunca, una Unión con los mismos principios, una Unión de soberanía exterior, una Unión de unidad política. Les pido que hoy demuestren que son los dirigentes de Europa y que les importa este gran legado que heredamos de los héroes de la integración europea hace sesenta años. Muchas gracias